Wednesday, December 01, 2004

El Castigo

Para Alejandra ya es costumbre estar allí sentada, viendo la gente pasar, soportando las miradas extrañas y curiosas de los demás; se inclina y observa sus zapatos y se distrae detallando el resquebrajado pavimento… han pasado dos semanas desde que el avión aterrizó, y aún no se acostumbra a la nueva ciudad.

Eran las once y treinta, las calles llenas, la tranquilidad del día perdida entre el crepitar de los carros y la vieja canción de Mozart se opacada entre las bocinas; recordó las palabras de su padre, un ministro de la Iglesia: “La tierra siempre estará dispuesta a engullir a los malos, y los buenos serán vengados, recuérdalo hija”. Mira el cielo y sonríe, no puede imaginar un monstruo devorándola, se imagina a un hombre, el que atravesaba la puerta.

Sebastián, su primo y anfitrión, llega temprano para almorzar, y la encuentra sentada en la entrada, como siempre, observando todo. Ambos disfrutan el almuerzo, y luego él empieza a quitarle la ropa delicadamente mientras ella sonríe, y así el juego de seducción empieza. Son las dos, y él decide quedarse en casa, ella abre las ventanas y se sienta con él a ver la gente… alguien se acerca y la sujeta del brazo fuertemente, la toma del cabello, la insulta y la golpea; era su padre, había visto todo desde la puerta y para purificarla la llevaría a un convento, pero su primo no lo permitiría. En quince minutos llega la policía y el reporte se llena como un “accidente familiar”, en el que un miembro de la familia “pierde la vida al caer por las escaleras”

Pasan tres meses, en la puerta no hay nadie…Sebastián llega para almorzar y su prima Alejandra sabe que el pavimento está a punto de engullir a su primo, cuando ella pise el acelerador y él no se pueda levantar.